A la distancia, en la penumbra de la obscuridad, se logran percibir dos siluetas que combaten entre la vida y la muerte.
Dentro de la batalla, que es librada en las tinieblas, estas siluetas destilan el odio, el rencor, el coraje y el deseo de venganza de las que son presas.
Cada uno tiene una meta que alcanzar:
El contorno luminoso de una de las siluetas, revela el afán de lograr que predomine la vida. La otra silueta es la obscuridad misma y busca que reine la muerte.
La riña es observada por dos entes superiores:
Uno de ellos es Dios, gobernador de la pureza y bondad. El otro recibe el nombre de Satán, gobernador de la muerte y las tinieblas.
En el desarrollo de la battalla, un yerro del bienhechor le ocasiona la humillación y la pérdida al derecho de vivir; Dios emprende la retirada, mientras que Satán celebra la victoria de aquél súbdito que empuña una espada de fuego y sangre para dar fin a su rival, que con fiereza le enfrentó.
Finalmente, reina un silencio aterrador dentro de la penumbra.